Se acercaba el invierno (al menos en el calendario, ya que en Irlanda el frío se siente todo el año). El aroma a leña quemada se mezclaba con el de la deliciosa comida casera mientras disfrutábamos de una cena entre amigos. Sobre la mesa, un vino tinto biodinámico de Málaga prometía ser más que un simple acompañamiento. Su historia nos invitaba a reflexionar sobre la interconexión existente en la naturaleza.
Este vino no era un producto cualquiera. Nacía de una tierra donde los murciélagos no eran vistos como plagas, sino como aliados invaluables. En lugar de pesticidas químicos, la bodega apostaba por la biodinámica, un método que requiere de ingenio para controlar las plagas. Y ahí entraban en escena nuestros pequeños héroes alados, los murciélagos.
Con su apetito voraz por mosquitos verdes y polillas de uva, estos increíbles animales se convertían en los guardianes naturales de las viñas. Sus acrobacias nocturnas mantenían a raya a las plagas, mientras ellos disfrutaban de un festín. Se estima que una sola colonia de murciélagos puede consumir hasta 300.000 insectos en una sola noche, lo que equivale a una cantidad considerable de pesticidas químicos que no se necesitan utilizar.
Cada copa de ese vino se convirtió en un brindis a la interconexión de la vida. Un recordatorio de que la naturaleza, en su infinita sabiduría, nos ofrece soluciones si tan solo sabemos escucharla. Esa noche, no solo bebimos un vino, degustamos una historia. La historia de una colaboración inesperada, un ejemplo pragmático de armonía entre humanos y murciélagos, y una lección de respeto por la compleja red de la vida. Aprendí que incluso las criaturas más pequeñas pueden tener un impacto significativo en nuestro ecosistema. Ahora, cada vez que veo un murciélago, lo veo como un aliado, un pequeño sommelier que nos ayuda a crear vinos deliciosos y cuidar el planeta.
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Escrito por Su Cabezas

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