Mucho se nos ha ido mostrando sobre las industrias más contaminantes y, como en una pista de carrera, el mundo de la moda y la industria textil han escalado posiciones hasta sobrepasar a la aviación y el petróleo. Unos metros más y alcanzan a las vacas y la agricultura.
En mi rol de llevar estos temas a los colegios en Irlanda, me he ido informando más y más sobre el impacto global (y personal) que tiene el mundo de la moda. No lo niego, por años amé visitar ferias y el persa para encontrar ropa usada, comprando más de lo necesario y acumulando kilos de prendas que nunca volví a utilizar. Pero en mi proceso de andar viajando y re-instalarme en distintos lugares, la ropa se volvió una carga y una necesidad de volverla práctica.
Fast Fashion: la moda sin traducción
Mientras escribo, me doy cuenta de que ni siquiera tenemos términos adecuados en español para describir esta industria. ¿Se puede decir «moda rápida», «ropa rápida»? Aun así, nada logra captar con precisión el concepto de fast fashion. Y esto no es casualidad. Es un reflejo de cómo esta industria y su cultura han sido impuestas desde los países de altos ingresos (ricos, desarrollados, colonizadores, etc.), de tal manera que ni siquiera hemos generado nuestras propias palabras para nombrarla. La moda rápida, el retail, son términos anglosajones que emergen de una industria globalizada que sigue operando bajo una lógica colonial1.
Después de ver el documental Buy Now (que me recuerda al «llame ya» de otros tiempos), queda claro cómo nos han vendido la idea de comprar ropa desechable, esa que dura nada y termina en los desiertos y playas de los llamados países de bajos ingresos (o pobres, colonizados, del sur global, etc.). Para algunos, este documental está al borde de la conspiración; para otros, como yo, simplemente expone una realidad que no queremos ver. Pero lo que más me sorprende, siendo latina viviendo en Europa, es la normalización de este tipo de prácticas colonizadoras que sustentan la industria textil y que operan a un nivel simbólico, tornándose invisibles.
La moda rápida, una tendencia colonialista
El fast fashion es un claro ejemplo de cómo persisten las estructuras coloniales en la economía global. La industria textil —al igual que muchas otras— segmenta el mundo en dos: el Norte y el Sur, los ricos y los pobres. Nos guste o no, todo el proceso de producción refleja esta jerarquía.
Las plantaciones de algodón barato abastecen fábricas en países donde la mano de obra es prácticamente esclava. Luego, las prendas terminadas viajan a los mercados donde pueden ser vendidas a precios irrisorios y consumidas sin culpa. Y, tras un par de usos, la ropa vuelve al “ultramar» en forma de basura. Es un circuito constante donde unos acumulan beneficios y otros cargan con las consecuencias.
¿Les suena familiar? ¿No es este el mismo modelo de extracción y explotación de la época colonial que aún persiste?
Desde este lado del mundo, la industria y los consumidores justifican este sistema con discursos como «genera empleo» o «ayuda humanitaria». Se naturaliza el envío de toneladas de ropa desechada a mercados de segunda mano en África y América Latina, donde se revenden bajo la ilusión de «darles una segunda vida». ¿Te imaginas por un momento que tu vecino, o incluso alguien que ni conoces, decide dejar su basural de años justo frente a tu casa? Así de impensable, irrisorio y ridículo es lo que sucede semanalmente mientras tú estás decidiendo entre unas Reebok o unas Nike.
En Ghana, un país que recibe cantidades inmanejables de ropa usada proveniente de Europa, el término Akan Obroni Wawu — significa «hombre blanco que ha fallecido»— explica esta absurda acumulación de textiles: solo una persona fallecida podría haber tenido tantas prendas en su vida.
En Chile, las imágenes satelitales del desierto de Atacama convertido en un vertedero de ropa deberían interpelarnos de la misma manera. Me pregunto qué diría Patricio Guzmán si viera este nuevo cementerio textil en su desierto de estrellas.
¿Y qué tan rápido podemos reaccionar?
Cuando hablo de estos temas en mis talleres, evito caer en el tono apocalíptico anti todo. En lugar de decir «no compres nunca más!», comparto algunas ideas concretas que al menos ayuden a reflexionar sobre nuestras decisiones de consumo y a reducir nuestro impacto.
Aquí algunas ideas:
- Compra local: Si realmente necesitas algo, intenta comprarlo en una tienda de tu ciudad en lugar de pedirlo en línea. Y si lo compras en línea, evita los envíos “ultra rápidos, flash y express” que generan más huella de carbono.
- Lee las etiquetas: Antes de comprar, revisa de dónde viene la prenda y qué materiales usa. Las mezclas de telas son más difíciles de reciclar; si puedes, elige ropa 100% algodón o de un solo material.
- Explora alternativas sostenibles: Comprar de segunda mano, reparar ropa o participar en intercambios de prendas (clothes swaps) son opciones viables antes de adquirir algo nuevo.
El cambio no es fácil, pero tampoco imposible. Lo importante es empezar a cuestionar este sistema y reconocer que el fast fashion no es solo un problema ambiental, sino también un síntoma de un modelo colonial que sigue vigente. La pregunta no es sólo «¿qué tan rápida es la moda rápida?», sino «¿qué tan rápido podemos cambiarla?»
- El proceso de “colonización” conlleva siempre un aspecto de asimetría y hegemonía, tanto en lo físico y económico, como en lo cultural y civilizatorio. La potencia “colonizadora” no sólo ocupa territorio ajeno y lo “cultiva”, sino que lleva e impone su propia “cultura” y “civilización”8 , incluyendo la lengua, religión y las leyes. .. esta “colonización moderna”, a partir del siglo XVI, ha formado el paradigma de lo que viene a ser el occidentocentrismo y la asimetría persistente entre el mundo “colonizador” (llamado también “Primer Mundo”) y el mundo “colonizado” (“Tercer Mundo”), entre Norte y Sur. (Leer mas)
↩︎
Escrito por Su Cabezas

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