La semana pasada me encontré con tres historias que reflejan la absurda contradicción y confusión que caracterizan a nuestro tiempo. Las tres están unidas por una temática central: la sustentabilidad. A pesar de estar cursando un diplomado en el tema, todavía me cuesta aceptar el término. Parece haber pasado de moda, pero se resiste a desaparecer; se recicla constantemente y se adapta a cualquier discurso, narrativa o estructura de poder.
De las innumerables definiciones que existen, la más básica me parece aquella que entiende la sustentabilidad como un proceso dinámico que busca el equilibrio para que un sistema pueda sostenerse a sí mismo. Todo lo demás son matices que dependen de qué punto de la balanza se quiera medir: para algunos, el equilibrio económico; para otros, el social, el político o el ambiental.
Yo añadiría la contradicción como una característica central de la sustentabilidad, ya que se mueve constantemente entre extremos que, en muchas ocasiones, resultan opuestos entre sí.
Historia 1: La energía renovable, ¿para quién?
En mi clase del diplomado, un compañero presentó su proyecto final: generar electricidad con las olas del mar. Me pareció una idea interesante, especialmente para países insulares como Irlanda. Pero, como siempre, había un «pero». Cuando pregunté quién podría beneficiarse de esta energía renovable, su respuesta fue casi surrealista, una verdadera sátira de la sustentabilidad:
«Nuestros principales clientes serían las empresas petroleras que gastan mucha energía en su proceso de extracción en el mar. De este modo, pueden reducir su huella de carbono y seguir extrayendo de forma sustentable».
Mi primera reacción fue de incredulidad. Al ser todo esto en inglés, me tomé un momento para estar segura de que había entendido bien. Volví al diálogo para confirmar sus palabras: «¿La energía renovable sería utilizada por empresas que extraen petróleo en el mar para que puedan continuar su producción? ¿Por qué no se puede ofrecer directamente a consumidores domésticos, como hogares?».
«Sí, suena hipócrita, pero principalmente porque la tecnología es muy costosa. Además, esta iniciativa ya se implementa en países escandinavos, por lo que podría ser viable en Irlanda».
Historia 2: La hipocresía climática
Pero en este mundo muchas cosas «ya se hacen» y eso no significa que sean sustentables. Al día siguiente, mi pareja—que siempre me actualiza sobre las noticias mundiales en nuestro ritual matutino—me compartió un artículo desde Brasil: se están talando hectáreas de selva amazónica para preparar el sitio que albergará la próxima Cumbre del Clima en 2025.
Me pregunté: ¿qué está pasando? Todo el mundo parece haberse convertido en una contradicción absurda. Quizás siempre ha sido así, pero nos hemos acostumbrado tanto a las noticias trágico-cómicas del día a día que ya ni nos sorprenden.
Esta hipocresía climática es una de las razones por las que decidí estudiar sustentabilidad. Viniendo de la permacultura y la antropología, todavía me cuesta entender estas prácticas polarizadas y desconectadas. Me resisto a aceptar que la hipocresía sea la que lidere los temas climáticos y medioambientales.
Lo de Lula en Brasil y la cumbre climática no es un caso aislado. En cada Cumbre del Clima se han repetido las mismas prácticas. Cómo olvidar la acumulación de jets privados en Glasgow, incluyendo el del señor Amazon, invitado a dar una conferencia sobre «cómo no destruir el planeta». O la reunión en Emiratos Árabes, donde los asistentes se hospedaron en hoteles de dueños de gigantes petroleros, quienes quizás no usan energía de olas de mar.
Historia 3: La contradicción se sostiene a sí misma
La tercera historia es más compleja. En el contradictorio mundo en que vivimos—y bajo la influencia de nuevas medidas impulsadas desde un país del norte—muchos proyectos de cooperación internacional han sido afectados o cerrados por falta de fondos. Como resultado, numerosas organizaciones, grandes y pequeñas, han debido reducir su tamaño y recortar iniciativas clave contra el cambio climático, todo en nombre de la «sustentabilidad organizacional».
En las ONGs, la contradicción es aún más evidente. Para seguir siendo consideradas «sustentables», muchas se ven obligadas a tomar decisiones que van en contra de los principios que defienden, como recortar fondos para proyectos cuya prioridad es precisamente la sustentabilidad. Lo más preocupante es que los proyectos que suelen quedarse sin financiamiento son los más significativos para contrarrestar los efectos del cambio climático en los países donde se implementan. Esto sucede, además, en las regiones más afectadas por la crisis climática —principalmente en África, Sudamérica y Asia— mientras que los países más ricos continúan invirtiendo en sí mismos, a pesar de ser los principales responsables del problema. Es un ciclo paradójico donde la búsqueda de la sustentabilidad se termina socavando a sí misma. A estas alturas, me pregunto si esta contradicción no se ha convertido en un rasgo esencial del concepto mismo de sustentabilidad.
Reflexión final
Con estas tres historias vividas en menos de una semana, tuve que sentarme —virtualmente— con mi amiga Pauli para intentar descifrar el nivel de paradoja, sin sentido y contradicción en el que vivimos. Este artículo es el resultado de esa conversación, que nos llevó a reflexionar sobre el efecto borde: ese momento en el que sentimos que estamos a punto de caer o salirnos del límite, pero siempre aparece alguien que nos devuelve al centro. Nuestro blog surge precisamente como una respuesta a esta constante necesidad de sostenernos en tiempos caóticos.
Escrito por Su Cabezas

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