Han pasado años desde que leí el libro Momo de Michael Ende, sobre una niña que descubre que unos hombres grises están robándole el tiempo a la gente, convenciéndolos de ahorrar tiempo hoy para tener más mañana. Si no lo ha leído, le invito a que vaya ahora mismo a buscarlo en una biblioteca o librería.
Vengo escuchando esta misma historia hace un buen rato, pero se ha vuelto aún más recurrente: «Es que no tengo tiempo», «toda mi vida ha sido correr, producir, estar ocupado/a». Ya es casi un status, una obligación de sentirse útil. Mucho se ha dicho de esto, así que no quiero aburrir, pero lo que me llama la atención es que se ha convertido en un discurso universal y totalmente asumido/aceptado, que ya trasciende fronteras y generaciones.
Hace poco estuve en una conferencia sobre Paulo Freire acá en Irlanda, ¡por fin se valida el pensamiento latinoamericano por estos lados! En un taller trabajamos con imágenes, y una de ellas era un reloj de alarma con una persona al costado, siendo empujada o aplastada hasta doblarse por completo. Éramos 4 mujeres en el grupo, entre 20 y 60 años, y todas vieron ahí un espejo de sus vidas: siempre corriendo, sin tiempo para el descanso, quebrándose para cumplir. La chica de 20 me impactó al decir que nunca se ha dado tiempo para lo que le gusta, por la alta demanda de ser estudiante. Ahí pensé: yo solía vivir así también, incluso mientras trabajaba en Chile dando talleres de autocuidado para mujeres (las contradicciones). Pero tras 8 años en el campo, cambiando rutinas, ritmo y propósitos, me descubrí un tanto alejada de esa narrativa. Incluso la imagen del reloj evocó algo distinto para mí: la vi como danzar al ritmo, a tu tiempo.
Banco de tiempo
Al volver a casa me acordé de Momo, y de cómo seguimos creyendo esa misma promesa de los hombres grises, aunque el tiempo ahorrado nunca vuelve. ¿Qué diría la tortuga Casiopea de nuestro futuro?
El único atisbo de banco de tiempo que conozco es el creado en Suiza (el país de los relojes), cuyo modelo funciona más como pensión de tiempo. Se llama Zeitvorsorge: personas adultas cuidan de otros y depositan esas horas como fondo de pensión complementario, para cuando lo necesiten. Siguiendo el mismo concepto, en Jaipur, India, una organización invita a personas a cuidar adultos mayores: por cada hora depositada, pueden retirar tiempo para su propio cuidado futuro. A pesar de ser propuestas interesantes, nos guste o no, aquí el tiempo se percibe como un recurso almacenable y un medio de intercambio, mimetizando el dinero. Lo dejo para otra discusión, ya que hablar de tiempo implica filosofar con un tecito o un vinito.
Tampoco voy a mentir, también me pillo corriendo y sintiéndome culpable por hacer nada a veces, aunque reconozco que vivir en el campo facilita la calma. Pero observar esta narrativa, desmitificarla, y aceptar que el tiempo es cíclico, relativo, y que es más que un mero recurso que se puede acumular, podría ayudarnos a valorar la pausa.
Como dijo una amiga -aludiendo a las contradicciones en que vivimos- “hoy nadie se toma en serio la risa”. Yo diría por qué no activamos la pausa en nuestras vidas…
Escrito por Su Cabezas

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