Hace un par de años, en Navidad, nos fuimos de paseo al norte de Irlanda (no a Irlanda del Norte, ese es otro país), a una zona que se llama Sligo: humedales, rocas y playa.
Íbamos recorriendo varios pueblos pequeños cuando nos detuvimos a contemplar un lago hermoso. Fue ahí que vi una lápida justo al frente. De curiosa fui a leer qué decía y me encontré con la historia de Ambrosio O’Higgins, nacido en este pueblito llamado Ballinarry.
Sí, el mismo Ambrosio de los libros de historia, el padre de Bernardo, a quien le debemos nuestros celebrados septiembres dieciocheros. Y ahí estaba un trozo de la historia de Chile, literalmente en la mitad de la nada: un lago y tres casas (la lápida fue auspiciada por la Embajada de Chile en Irlanda).
Después confirmé la conexión entre Chile e Irlanda. Ambrosio se fue a España, y de España terminó en Sudamérica, pero su origen quedó marcado aquí. Pensé, mientras leía su itinerario, que él hizo el viaje opuesto al mío, casi 300 años antes y seguramente lleno de aventuras y tragedias, con un toque bélico y colonizador.
¿Cómo las vueltas de la vida lo llevaron desde este rincón hasta Chile?. Es la misma pregunta que me hacen muchas personas pero al revés: ¿Cómo llegué de Santiago a vivir en un pueblito rural, en el corazón de Irlanda? ¿Se habrá imaginado Ambrosio que algún día terminaría al otro lado del océano? Yo, al menos, nunca imaginé que acabaría viviendo en un pueblito irlandés. Y eso es lo misterioso de algunas migraciones: uno nunca sabe dónde termina el viaje. O si realmente termina.
Escrito por Su Cabezas


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