Rita fue una de las primeras personas que conocí al llegar a Irlanda. Sus proyectos de danza contemporánea siempre están vinculados a lo comunitario y al activismo medioambiental. Lo que más me gusta de su trabajo es el vínculo entre las ideas creativas, la comunidad y lo político. «El arte es político» es lo que siempre escuché y viví en América Latina. En Europa, esa dimensión aparece más institucionalizada, más mediada. Aun así, el trabajo de Rita podría considerarse «artivismo».
A raíz del conflicto y genocidio en Palestina, Rita creó Dancing with Strangers: From Palestine to Ireland. Contactó a bailarines profesionales en Gaza y los invitó a participar. Cuatro artistas palestinos, en condiciones terribles, lograron filmar con sus teléfonos una pieza de danza y sus testimonios. Como no podían salir de Gaza, Rita replicó sus movimientos con su propio cuerpo y el de otros bailarines como avatar.
Esta decisión me resulta fascinante y, a la vez, incómoda. ¿Puede un cuerpo de Gaza ser representado por un cuerpo blanco europeo? ¿Qué ocurre cuando un cuerpo que se mueve libremente representa a otro al que la guerra, el bloqueo y la ocupación se lo impiden?
La primera versión de éste método nació con Dancing with Strangers: From Calais to England el 2016, cuando Rita bailó con refugiados en Calais, Francia. Ellos elegían un dueto y con quién querían bailarlo en Inglaterra y, como no podían cruzar, su danza cruzaba a través del cuerpo de ella. En Dancing with Strangers: From Palestine to Ireland en cambio, los bailarines son artistas con formación, y lo que circula no es su sufrimiento sino su trabajo. Se les paga, participan con sus propias voces y movimientos, y sus retratos aparecen como dibujos hechos por niños para proteger su identidad. Rita no pretende convertirse en ellos: su cuerpo es un medio para hacer circular algo que ellos mismos produjeron y que, en otras circunstancias, hubiese podido cruzar la frontera.
Aun así, mis preguntas siguieron ahí hasta que participé.
La performance es simple. Se instala en medio de la ciudad y los artistas invitan a los transeúntes a participar. Eliges uno de los dibujos y escuchas con audífonos el testimonio que ese artista grabó con su celular. Mientras te conectas con su voz, un bailarín frente a ti te guía para que sigas sus movimientos alrededor de una silla. Te sientas, te paras y caminas a distintos ritmos. Siguiendo la voz y los gestos, me fui conectando con su realidad: vivir en un lugar bombardeado, correr y mudarse constantemente, ver seres queridos partir, desaparecer, memorias perdidas. Fueron minutos intensos y emotivos, en los que confronté mi propio lugar de privilegio: tener la posibilidad de moverme libre, de ser yo quien puede danzar por otro que está coartado por la guerra y el genocidio.
La experiencia me hizo replantear mis resistencias iniciales. Lo transgresor de la propuesta es que la obra no termina en los movimientos que copias. Empieza ahí, en la incomodidad de vivir en el privilegio sin habértelo cuestionado antes. Es fácil mirar para el lado, porque los conflictos son tan grandes y lejanos que uno se siente bloqueado. Después de la performance, algo se removió. Quizás no pueda hacer mucho, pero estoy más consciente de lo que pasa más allá de los titulares. Cada uno elige su activismo, y el mío es apoyar iniciativas como esta.
Preguntas abiertas es quizás lo que más provoca esta performance. ¿Se puede representar a otro sin ocupar su lugar? ¿Cómo hacer visible el privilegio?
Escrito por Su Cabezas


Deja una respuesta