El río Rin

Tuve la oportunidad de ir varias veces a Basilea (Suiza) en pleno verano, para visitar a una gran amiga con quien, además, trabajamos juntas en ese tiempo. Basilea tiene el río Rin que la cruza por completo, y cuenta con unos puentes re lindos, de estilo medieval. Pero es un río grande. Por un lado los barcos, y por el otro, personas. Sí, personas flotando, dejándose llevar por la corriente.

Mi amiga me invitó un día a la aventura, que al parecer es bastante común para los habitantes de Basilea. El río es también un medio de transporte. Quienes viven en un punto de la ciudad pueden ir, cambiarse de ropa, poner todas sus cosas en una bolsa resistente al agua, a la que llamábamos el pescado porque tiene forma de pez, y lanzarse al río para luego salir en otro punto de la ciudad, volver a cambiarse y continuar con su itinerario.

Todo esto me resultaba tan de otro mundo. Al ser santiaguina, siempre escuché de chica que el río Mapocho era cochino, que se desbordaba en invierno, que olía mal, etc. Una serie de connotaciones negativas que hacían casi imposible imaginar que uno pudiera lanzarse a nadar y moverse de un lugar a otro. Todas esas memorias me inundaban mientras me sentaba a la orilla del río Rin y veía a toda esta gente y su conexión con el río, con el fluir, con el dejarse llevar.
Caminamos hacia un lugar donde se puede entrar al río. Aquí había que entregarse no más. No sabía adónde iba a llegar ni cómo iba a salir. A pesar de ser una nadadora aficionada que ama el agua, la sensación de sentirme tan pequeña en este río enorme y tener que pasar bajo puentes gigantes me asustaba un poquito. Pero la adrenalina y la aventura siempre le ganan al miedo al final.

Entramos al río. Y ahí estábamos, las dos flotando y observando la ciudad desde el agua, soltando todas las aprehensiones posibles, dejándome llevar, en lo más literal del concepto. Solo recuerdo un estado de paz, de fusión con esa corriente que me empujaba. Y cuando llegó el momento de salir, todo fue tan fácil, pisé unas rocas y ya estaba fuera del agua. Me senté en la orilla y agradecí esta aventura sanadora. Poder entregarse y confiar, dejar de sentir lo gigante como amenaza. Me preguntaba cómo sería si en Santiago se lograra un río navegable. ¿Te imaginas yendo desde Providencia hasta la estación Mapocho flotando? Seguro existen miles de formas de interactuar con la naturaleza aun estando en la ciudad. Quizás si pudiéramos imaginar nuevas, como en mi caso flotar en un río, tal vez nuestra conexión con los lugares que nos rodean y habitamos cambiaría de forma radical.

Volví al río un par de veces más, y siempre la experiencia era la misma: fluidez y confianza en la naturaleza y su ritmo. Mientras recuerdo esta experiencia y la escribo, me doy cuenta del impacto que tuvo en mi cuerpo el poder flotar así. Quizás en ese entonces parecía un acto tan común entre los habitantes de Basilea que se sentía como algo mundano. Sin embargo, estos momentos de «go with the flow» realmente me ayudaron a sobrellevar la vida en distintos tiempos donde no todo fluía así de bien. Y me dieron la valentía y el coraje para seguir en el viaje, tanto dentro como fuera del agua. Hoy no vivo cerca de un río, pero sí cerca de un lago, frío, muy frío. Voy igual en luna llena como un acto de conexión con la naturaleza. Y bueno, la trampa es que hay un sauna a la orilla del lago, lo cual hace que el piquero sea más llevadero…

Escrito por Su Cabezas


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